Depardon retrata la manera en que la justicia funciona en Francia. Con una cámara casi siempre fija, el director filma las interacciones entre personas acusadas de delitos y los fiscales que decidirán si deben ir a juicio o no.
La cámara registra lo absurdo, lo cómico y lo triste de muchas de estas situaciones. Al mantener la cámara fija, Depardon no permite que haya distracciones ni interrupciones entre lo que sucede en la pantalla y lo que el espectador ve.
Una de las parte más sobresalientes del documental es cuando “conocemos” a una prostituta con infectada con VIH, con problemas de adicciones que intentó robar un coche, a pesar de que, según ella, no sabe conducir, y que está, además, extremadamente consciente de su imagen ante la cámara.
El perfecto ejemplo de lo absurdo, lo cómico y lo triste.

